PRIMERA Y ÚNICA CARTA A SAN JUAN

 

 

Querido amigo Juan:

 

Se que te sorprenderá esta carta ya que normalmente es nuestro amigo Antonio el que suele escribirte para recordarte que la familia sanjuanista está ansiosa de que llegue la época primaveral para poder salir a la calle con el aroma a rosas y orquídeas blancas, gritando a los cuatro vientos: ¡hermanos, viva San Juan!

 

Pero hoy permíteme la licencia de poder poner sobre el papel lo que siente mi corazón, un portapasos de los que tuvieron el honor de formar parte de ese grupo fundador, que vio a los treinta y cuatro años como se hacía  realidad su sueño de niño.

 

Un portapasos que lleno de felicidad comenzó su andadura por la Hermandad sin conocer nada, ni a nadie, pero que sueña cada año con ponerse cada Viernes Santo el capuchón que oculta sus lágrimas de la mirada de los demás.

 

Un portapasos que con el tiempo ha hecho amigos, amigos que se han ido, amigos que te has llevado y amigos que comparten aún mantel, carta y almohadilla para llevarte en volandas por las calles de Alcantarilla.

 

Un portapasos que en estos últimos años, ha visto como has iniciado una inexorable carrera por reclutar en tus filas celestiales a los que te han servido de manera fiel bajo las varas de tu trono.

 

Un portapasos que lloró cuando decidiste llamar a Luis, cuando la talla del trono aún olía a madera fresca; a Serafín, el que gritaba “bonito”; a Rebollo, mi fiel y buen amigo Rebollo, a Paco Valls, a José Carlos; a Pepe Cánovas, el cual aún echa en falta la Virgen del Rosario cada siete de octubre; y ahora a Salva, este sanpedrista confeso del Cristo de la Esperanza, que siempre guardaba en su corazón un pequeño rincón encalado de blanco.

 

Aunque siempre decía que su Cristo de la Esperanza era el único, se que  durante su autoexilio, seguía sintiendo el espíritu sanjuanista, el cual tardamos casi 15 años en recuperar, hijo pródigo, que comenzó a desfilar desde su más tierna infancia vestido de monaguillo y con túnica blanca bajo tu sombra alargada por las calles de Alcantarilla.

 

Traerlo de nuevo a las filas sanjuanistas nos resultó sencillo pues solamente tuvimos que convencer a su querida Mariloli de ser Nazarena Mayor. El resto lo ha tenido siempre ahí, aletargado en su corazón, esperando a ser llamado, bajo los arcos del Ayuntamiento donde su corazón no podía retener las lágrimas cuando cada noche de Viernes Santo, en la plaza de San Pedro se oía retumbar el grito de

¡Hermanos, viva San Juan!

 

Ramón Montaño Yuste