PALABRAS PARA EL ACTO DE EXALTACIÓN SANJUANISTA

DEL PREGONERO-MANTENEDOR

14 DE MARZO DE 2010

ALCANTARILLA

 

Por Alfonso Ciudad González

 

Excmo. Sr. Alcalde y miembros de la Corporación Municipal, Sr. Presidente de la Junta de Hermandades Pasionarias de Alcantarilla, Sr. Presidente de la Hermandad de San Juan Evangelista, Sra. Nazarena Mayor de San Juan, Sres. presidentes de Hermandades y Cofradías de Alcantarilla, cofrades sanjuanistas, estimados amigos de Alcantarilla, invitados y distinguidos en el día de hoy, a todos buenos días y un abrazo fraternal de este humilde cofrade ceheginero.

 

La Semana Santa casi ha comenzado. No hemos guardado todavía los adornos del árbol de Navidad y las figuras del Belén, ni hemos lavado los disfraces del carnaval, llenos de barro de tanta lluvia que nos ha caído este invierno, y ya se escuchan los ecos de las primeras marchas pasionarias. Ya suenan los ensayos de las bandas de tambores y cornetas. Ya se sacan de los armarios las túnicas y los capirotes para plancharlos y dejarlos a punto. Y aquí nos hemos reunido para dar el inicio oficial de esta Semana Santa para la Hermandad de San Juan Evangelista con este acto en el que tengo el honor de dirigirme a todos ustedes.

 

Diego Luis y Ramón me han metido en un brete del que espero salir airoso con la comprensión y complicidad de todos ustedes. Aunque estoy habituado a hablar en público es todo un reto asumir la responsabilidad de ser el pregonero-mantenedor de este acto para una Hermandad a la que tanto aprecio, y hacerlo con dignidad. Ello me produce un cosquilleo de inquietud, pues no sé si seré capaz de transmitirles lo que mi corazón siente en este momento, y porque, además, no quiero caer en el tópico de que en general los pregones e intervenciones en este tipo de actos son un aburrimiento y terminan no gustando a nadie. Tengan en cuenta que hay un viejo proverbio árabe que procuraré seguir a rajatabla y que dice:

 

“No abras los labios

si no estás seguro

de que lo que vas a decir

es más hermoso que el silencio”

 

Tampoco voy a tratar de imitar a otros grandes oradores que se han subido a esta tribuna antes que yo para pregonar con grandes y brillantes disertaciones. Porque para mí esto en realidad no es un pregón pomposo y formalista; entiendo, y así me lo he planteado, que se trata de un acto más íntimo, más espiritual, más sobrio y más recogido.

 

Como es costumbre decir, porque además es verdad, cuando Diego y Ramón me comunicaron este honor no pude negarme a hacerlo, después de pensarlo sosegadamente, cuando a mi mente acudieron las imágenes de todos aquellos amigos y conocidos de vuestra Hermandad con los que he coincidido durante años; cuando recordé las veces que he asistido a este vuestro acto de exaltación; cuando recordé las veces que habéis desfilado en mi procesión de Martes Santo en Cehegín.

 

A nadie puedo ocultar, a estas alturas, y así lo saben quienes me conocen, mi profundo amor por la Semana Santa, que me viene de niño. Yo soy valenciano de nacimiento y antes de residir en Cehegín, todos los años venía desde Valencia con mis padres a visitar a la familia y a disfrutar de las procesiones de Semana Santa. Mis ojos no dejaban de sorprenderse de ver desfilar aquellos nazarenos tan serios y –porqué no- misteriosos, con la pompa y grandeza que otorga a las personas el vestir una túnica y llevar el rostro tapado por el capirote.

 

Todavía recuerdo cuando algunas Cofradías cehegineras vestían a sus nazarenos con unas túnicas que acababan en una cola de aproximadamente un metro de largo que arrastraba por el suelo; y de aquellos tronos donde se llevaban las imágenes, que mientras hoy son portados por no menos de cincuenta jóvenes, los llevaban tan sólo entre ocho o diez adultos. Me imagino que en Alcantarilla ocurriría más o menos lo mismo. Os hablo de los años 70, de cuando yo era un niño, de la misma época del programa de televisión “Cuéntame”. Los que sois mayores que yo seguro que pensáis que la década de los 70 está todavía a la vuelta de la esquina, pero lamento desilusionaros: de esto que os hablo hace ya más de treinta años. Me acuerdo que mi padre tenía, en aquella época, una pequeña cámara de cine, de super 8, que es la antecesora de las modernas cámaras de vídeo, hoy ya digitales y con disco duro, y con aquella cámara grababa las procesiones. Pues bien, revisando esas viejas cintas uno adquiere plena conciencia repentina del paso del tiempo.

 

            Pero no nos pongamos tristes, pues hoy es un día alegre. Y es alegre porque estamos acompañados por San Juan, y rodeados de todos vosotros, que sois su guardia personal aquí en Alcantarilla. Es lógico que vuestro amigo Juan, como vosotros lo llamáis, sea una figura central de la Semana Santa. No sólo por su simbología: el libro, tintero y pluma que representan los Evangelios, la palma como símbolo de victoria sobre la muerte o punto de apoyo en la vida ante las dificultades, y el águila, ave que lo representa en el tetramorfos porque el principio de su texto sagrado nos coloca frente a la divinidad del Verbo y  el cristiano debe ser como un águila, pues el águila vuela en las alturas y mira al sol sin bajar las pupilas, al igual que el cristiano debe mirar de cara a las cosas eternas. San Juan es fundamental en la Semana Santa porque el discípulo amado acompañó a Jesús y a María, de principio a fin, en la Pasión y Muerte del Señor. Tenía la Virgen algo importante que hacer en el Calvario, que era renovar el ofrecimiento al Padre de su Hijo Divino, y para ello estaba acompañada de San Juan. Y allí estaba él cuando Jesús abrió sus labios cárdenos y amoratados y dejó para los siglos esa expresión terrible, poco antes de morir: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu Madre”. San Juan, en ese momento, nos representaba a todos nosotros.

 

Estamos alegres de estar junto a vuestro amigo Juan porque he podido comprobar con un cierto cosquilleo de envidia sana que ser sanjuanista es algo muy especial para vosotros. Es un sentimiento que describió perfectamente vuestro hermano Antonio Martinez Alburquerque en un artículo escrito en 2003 para la revista de la Semana Santa de Alcantarilla, y de quien me permito reproducir estas palabras: “la puerta huele a cera y azahar, gargantas ansiosas notan la sequedad, decenas de almas advierten que ya está, avanza el caído, despliega el águila sus alas y llega el ungido. Dame un año más como único pensamiento, que convierte en susurro voces que al amparo del tintineo de lágrimas de cristal afirman: Ves como es especial, mira, yo no se que tiene pero yo, yo soy de San Juan.”.

 

 Amigo Juan, hoy me han pedido tus hermanos de Alcantarilla que les hable de la mujer. Ayúdame con tu inspiración de literato para salir con éxito de este reto.

 

Comencemos, pues, haciendo un poco de teoría histórica. La existencia de mujeres costaleras, portapasos o “anderas” como las llamamos en Cehegín, o las mujeres que presiden una Cofradía o pronuncian un pregón exclamando las excelencias de la Semana Santa siguen siendo noticia y en cierto modo una excepción, y ello a pesar de que la mujer se ha integrado desde hace muchos años plenamente en el quehacer diario de las cofradías y hermandades.

 

Lógicamente la participación de la mujer en la Semana Santa no es algo novedoso. Aunque en el siglo XVII a la mujer se le prohibió cualquier actividad en las cofradías, pues estaban plenamente en vigor los principios morales de jerarquía, obediencia y subordinación de la mujer respecto del hombre, poco después la mujer experimentó un acercamiento a las cofradías, hasta el punto de tener un protagonismo en ocasiones directo y principal en las procesiones. Por ejemplo, en la Sevilla del siglo XVIII existe documentación que acredita que la mitad de los nazarenos eran mujeres. O la Cofradía de Servitas de María Santísima de las Angustias de Murcia, fundada en 1755, que siempre estuvo regida por una mujer murciana, la cual a la vez cuidaba del rico ajuar de la Virgen. Ahora bien, por lo general, la presencia de la mujer en los cortejos procesionales tenía un papel secundario, desfilando como nazarena, eso sí, pero sin cargos de responsabilidad y siempre separadas de los hombres.

 

Sin lugar a dudas la gran presencia femenina en la Semana Santa se inicia en el siglo XX, coincidiendo en general con la evolución de la sociedad civil, que poco a poco se vio enriquecida por la progresiva presencia femenina en todos sus ámbitos. La medicina, la abogacía, la universidad, la política inicialmente y después los demás campos, incluyendo el ejército y otras profesiones tradicionalmente masculinas han visto cómo la mujer se ha ido incorporando a ellas con total naturalidad. Del mismo modo ha sucedido en el ámbito de las hermandades, en especial en las últimas décadas, lo que se ha puesto de manifiesto en una mayor participación de la mujer en las procesiones como penitente o nazarena, ya sin distinción ni separación respecto del hombre, e incluso como costalera o portapasos, e incluso, aunque todavía de forma insuficiente, en los órganos de gobierno de las cofradías.

 

Lógicamente la antigüedad de una cofradía ha influido notoriamente en la cuestión. Las cofradías más antiguas, con siglos de antigüedad, están regidas por estatutos y normas redactadas en otras épocas que han supuesto en cierto modo un freno a la incorporación de la mujer, pues como hemos dicho, antiguamente la mujer no tenía cabida como cofrade de pleno derecho. Actualmente, con la aplicación de las nuevas normativas, incluso las canónicas, se ha favorecido definitiva e irreversiblemente la presencia de la mujer en la Semana Santa.

 

Mi pueblo, Cehegín, no ha sido una excepción a todo ello. La mujer siempre ha estado presente en la Semana Santa ceheginera, si bien tradicionalmente en un papel secundario. Curiosamente, amigo Juan, las primeras nazarenas mujeres desfilaron en Cehegín en el año 1925, precisamente acompañando a tu tocayo ceheginero San Juan Evangelista. Ahora bien, los hombres y mujeres han desfilado por separado, y ya la propias túnicas diferenciaban a unos y otros. Cada cofradía tenía una sección masculina y otra femenina, la mujer solía llevar capirote y el hombre llevaba tan sólo el verdugo, sin el capirote de cartón. La mujer llevaba capa y el hombre, no. Y bajo los tronos, siempre los hombres como anderos o costaleros. Todo cambió radicalmente en el año 1985, en el que una mujer fue nombrada Presidenta de la Cofradía del Cristo de la Paz, titular de la procesión del silencio, y en 1993 se creó otra Cofradía, la del Cristo Resucitado, también presidida por una mujer. Y aproximadamente en 1996 salieron a la calle los primeros tronos con mujeres portapasos. En la actualidad, no existen diferencias de ningún tipo en las túnicas y casi todas las cofradías sacan a procesionar un trono cargado por mujeres. La Cofradía de los Verdes procesiona desde el año 2002 un paso cargado por mujeres: la imagen de Santa María Magdalena. Ahora bien, todavía en 2010 allí nunca ninguna mujer ha sido pregonera de la Semana Santa…

 

Pero yo quiero ahora dejar la teoría y hablaros de esa mujer en concreto que viste la túnica y a la que tanto exaltáis vosotros los sanjuanistas. Os felicito por ello. Habéis hecho de lo más bonito de la creación un sentimiento unánime compartido por todos. Qué mejor seña de identidad para una Hermandad que ser representada por una Nazarena Mayor, que en cada ocasión que es nombrada rivaliza en belleza y elegancia con la anterior. Qué mejor embajadora de San Juan, el discípulo amado de Cristo, que una mujer  llevando orgullosa en su pecho la imagen del águila del Evangelista. Qué mejor cuidado puede tener vuestra Virgen del Rosario que su camarera que con tanto mimo la atiende en todas sus necesidades.

 

Imagino a una mujer de Alcantarilla. Una mujer bella, de cabello oscuro y porte elegante, como lo son todas las alcantarilleras. Es Viernes Santo por la mañana, y encima de su cama tiene, perfectamente planchada, su túnica blanca de sanjuanista. Imagino a esa mujer que es la misma que unos meses atrás, en octubre, madrugó para acompañar en procesión a su querida Virgen del Rosario por las calles de Alcantarilla. La misma mujer devota que todos los meses de mayo, con la primavera encendiendo los jardines con un estallido multicolor, llega hasta la ermita del Agua Salá con la Romería de la Virgencica de la Salud, y días regresa después a su Iglesia de San Pedro en procesión solemne, con su preciosa carica tan redonda y alegre al sentirse arropada por su pueblo caminando junto a ella entre el rojo y el blanco de los rosales en flor, como si tuviera a sus pies una larga túnica de los sanjuanistas.

 

Imagino a esa mujer, que puede ser Cati, la mujer de Diego, o Lola, la mujer de Antonio, o Maravillas la mujer de César con nombre ceheginero, o Mari García; la imagino en una casa de rojo y blanco, llena de túnicas que cuelgan de improvisados percheros, pues igual que fueron sanjuanistas sus padres, también son sanjuanistas su marido y sus hijos, todos ellos nazarenos o portapasos de San Juan. La imagino entrando por la mañana en el Museo Procesional para ver cómo sus hijos ayudan a adornar el trono de San Juan cargado de orquídeas y rosas blancas, para admirar una vez más la imagen del Evangelista de mirada dulce.

 

Imagino a esa mujer, que puede ser Ana, la mujer de Ramón, o Maria Luisa, la mujer de Santos, o Isabel Pellicer, o Mari del Cerro, por la tarde, quedarse sola en casa después de dar los últimos retoques a su familia para que vayan perfectos y vistan sus túnicas con su caída natural, sin una sola arruga; y la imagino, en una soledad solemne, ponerse la suya. Las sandalias de cuero, la botonadura de la túnica roja como una procesión de rubíes, el fajín blanco inmaculado rematado con borlas de oro puro y el águila de San Juan en la cintura, la capa vuelta del lado blanco y el capuchón largo y estilizado. La imagino, amigos de Alcantarilla, buscando ese par de guantes que nunca está en su sitio, y recogiendo el hachote para salir de prisa porque la procesión va a comenzar.

 

Esa mujer que, a pesar de ver todos los años el mismo espectáculo, no deja de admirarse cuando ya en la Iglesia, vestida de nazarena, ve el imponente trono con la imagen de San Juan cómo comienza a moverse y los portapasos reciben como en éxtasis el peso de la responsabilidad de portar sobre sus ya cansados hombros a su querido Evangelista, aquél que cargó en su día con la responsabilidad de cuidar de la madre de Jesús después de su Muerte y Resurrección. La mujer ve el trono moverse lentamente entre una multitud de nazarenos blancos, con la solemnidad de un barco maniobrando entre la espuma blanca de un mar embravecido, movido más por la voluntad y la fe que por la fuerza de unos hombres que en ese momento son más hermanos y amigos que nunca. 

 

Imagino a esa mujer, que puede ser Resu, la mujer de Pepe, o Mari Carmen, la mujer de Mengual, o Ana, la mujer de Luis Alfonso, o Ana Montaño, o Asunción Vicente, la imagino, digo, desfilando en silencio bajo su capuchón, musitando cada cierto tiempo una oración de agradecimiento a San Juan, viendo por los ojales del capuchón cómo la gente se agolpa a ver la procesión, a veces pasando frío pero aguantando para ver con devoción pasar las imágenes de los santos que mantienen la fe de todo un pueblo. La imagino desfilando lentamente por la calle de las Monjas, o por la calle de la Cruz, a veces marcando el paso cuando a lo lejos se escucha el retumbar de los tambores, a veces notando como las fuerzas van mermando en su cuerpo ya cansado por la lentitud del paseo y la procesión del día anterior. Pero también me viene a la mente la emoción que siente esa mujer alcantarillera, que puede ser Petra, vuestra Nazarena Mayor, o Mariola, vuestra camarera de la Virgen, cuando ya en la calle Mayor vislumbra la torre esbelta y moderna de la Iglesia de San Pedro, que apunta hacia arriba como queriendo llamar la atención de todos aquellos sanjuanistas que desde el cielo ven recogerse su procesión.

 

Ahora quiero que imaginéis vosotros a una mujer de Cehegín. Pensad en una mujer bella y de ojos grandes, oscuros y profundos, herederos de un pueblo cuya historia se hunde en los albores de la civilización con un especial esplendor en la visigoda ciudad de Begastri. Es Martes Santo por la tarde, y como días después lo harán las sanjuanistas de Alcantarilla, la mujer está vistiéndose su túnica verde de nazarena. El capirote, algo achatado, no tan alto como el vuestro, con el escudo de la Pasión de Cristo bordado en el pecho: un cáliz y un pan encerrados en una corona de espinas. La estola dorada le cae por uno de sus hombros con desordenada elegancia, como la llevaban las mujeres hace dos mil años y como la lleva vuestro San Juan colgando de su brazo izquierdo.

 

Pensad en esa mujer que se une a una marea de color verde esperanza que inunda el Convento cuando va a salir la procesión de la Cofradía de la Pasión de Cristo, y que mira con asombro cómo los tronos de Santa María Magdalena y del Beso de Judas, el primero de ellos portado por jóvenes costaleras, salen por la puerta con apenas unos centímetros de holgura, con la precisión de una orquesta sinfónica que interpretara una pieza magistralmente dirigida por esos directores de orquesta que son los cabos de andas.

 

Cuando esa ceheginera, que puede ser mi mujer Elisa, a la que con permiso de todos vosotros le dedico este pregón, cuando esta ceheginera sale ya en procesión por la puerta del Convento, el único sonido audible es el de la brisa que mece las hojas de los albaricoqueros de la huerta de Cehegín, y ella, envuelta en esa intimidad que le da el anonimato de su túnica, se ha aislado del resto del mundo, y recorre despacio y en total mutismo las retorcidas callejuelas de lo más viejo del casco viejo de Cehegín, oliendo el embriagador e intensísimo perfume del incienso; y escuchando, como si de los latidos del corazón se tratara, el retumbar seco, pausado y solemne, de los tambores que abren la procesión.

 

Como un tercer río de Cehegín, inundan sus callejuelas los nazarenos vestidos con el color verde esmeralda de la huerta y de la esperanza, cerrando el círculo a la perfección: con el casco antiguo, el cristo traicionado por Judas navegando sobre las aguas del silencio y los resplandores de los faroles, y los nazarenos verdes que han salido del Santuario del Convento como guardianes de ese cristo y de su madre la Virgen de las Maravillas.

 

¡Qué bella imagen, amigos, detenerse en un rincón olvidado y oscuro de nuestro pueblo, en una pequeña plazoleta o en una empinada cuesta, y, en silencio, ver pasar los nazarenos apenas alumbrados por la trémula luz de las velas de los hachones!.

 

¡Qué indescriptible sensación inunda el corazón de esa ceheginera cuando nota la presencia cercana de ese Cristo traicionado, con los brazos extendidos en un gesto de incomprensión; de ese Cristo cuyo peso soportan más los sentimientos de quienes lo llevan que sus brazos, y que es escoltado por los faroles que le permiten atisbar el rostro del sufrimiento de quien dio la vida por nosotros!

 

¡Qué emoción embarga a esa mujer que procesiona con la túnica verde cuando, ya exhausta por el largo recorrido de la procesión, después de subir y bajar cuestas inverosímiles y pasar por callejuelas que sólo parecen existir Martes santo, qué emoción siente al ver llegar el Cristo a la Iglesia, ya en las primeras horas de la madrugada del Miércoles Santo, en la oscuridad de la noche, con el silencio de la multitud expectante, y a los sones de la bella marcha pasionaria que le acompaña hasta el altar!

 

No le resulta difícil trasladar a esa mujer ceheginera en su imaginación y al pasado en la procesión de los verdes, y llevarla, por ejemplo, hasta aquel lejano mes de abril de 1.623 en el que el legendario hidalgo ceheginero D. Martín de Ambel  ejecutara su lance de honor y muerte precisamente en la madrugada de miércoles santo y pidiera refugio en sagrado en la Iglesia de la Concepción, como tan brillantemente lo reflejara por escrito nuestro paisano el genial escritor Salvador García Jiménez. Cómo no imaginar hace tres siglos esa cuesta de Moreno, o esa placeta del Santo Cristo. Por aquellas mismas callejuelas de hace siglos que tantos lances de honor presenciaron pasan hoy en silencio los nazarenos de la Pasión de Cristo.

 

Imagino, en fin, a esa mujer ceheginera o alcantarillera, que puede ser vuestra madre, vuestra hija o vuestra esposa, y ahora entiendo porqué para vosotros la mujer es tan importante. Y ahora comprendo porqué la tenéis en el centro de vuestra Hermandad, y porqué habéis decidido que sea la mujer quien os represente.

 

Y me alegro de que fuera una mujer, precisamente una mujer de Alcantarilla, la culpable de que hoy yo esté en este estrado y los Verdes de Cehegín hayamos consolidado una intensa relación con la Hermandad de San Juan de Alcantarilla. Aún recuerdo aquél día en que la banda de tambores y cornetas de San Juan de Alcantarilla viajó a Cehegín y allí me tropecé con Maria José Barnés, sorprendido de conocer su afición por la Semana Santa. Inmediatamente comenzamos a intercambiar información, revistas, invitaciones… Y poco después conocí a Ramón Montaño y a Diego Luis Pacetti, y al resto de miembros de la Hermandad. César con su eterna cámara de fotos; Antonio, con su vozarrón impresionante, Alfonso, y tantos otros… Habéis de saber, sanjuanistas, que todo ello se inició gracias una vez más, a una mujer.

 

Aquí me despido de vosotros con mi agradecimiento, porque sin merecimiento de ningún tipo, os habéis acordado de mí para este acto tan importante en vuestra Hermandad. Y con mi felicitación, porque sois un ejemplo a seguir. Hasta siempre, gracias a todos. Buenos días.

Alfonso Ciudad González

marzo de 2010