XXII CARTA ABIERTA A SAN JUAN

 

¡Que tal amigo Juan!, remito la presente desde la satisfacción que procura el poder hacerlo un año más; por aquí casi todo igual, como sabes, después de la tormenta, un año en paz.

Paz, “dícese” de la virtud que pone en el ánimo tranquilidad y sosiego, opuestos a la turbación y las pasiones.

 Supongo, que entre otras circunstancias, esa paz es atribuible, a la tranquilidad de un acto de exaltación sanjuanista de irrepetible factura, donde el arte del cante y el baile fueron ofrenda, las lágrimas de color “colorao” y el encanto, el de la mujer sanjuanista.

Igualmente, esa paz es avalada, por el sosiego que nos invadió a los sanjuanistas, tras unos extraordinarios desfiles procesionales, donde frentes menos pobladas que ayer, flanqueadas por anónimos penitentes con luminarias, se resisten al paso del tiempo, aún cuando su hombro viste con color cardenalicio que  recuerda que el ayer, cada vez, es mas lejano.

Mención especial, merece el Viernes Santo, tarde gris donde la lluvia te hizo cautivo entre cientos de orquídeas blancas a tus pies postradas, luciendo perlas de un mar de lágrimas saladas.

Pero sin duda, el mayor sosiego y tranquilidad, son la que aportan los que hoy comparten tu tesoro de la eterna juventud, Alejandro Cánovas, “Antoñico el de Pepa”, “Jhonatan el pollo”, Valdelvira junior, Rubén el hijo de Mari, el sobrino de Granados, el de Férez, el hijo de Puche, el de Muñoz Torres,…, son, esos que piden paso, con la bendita arrogancia que da un hombro erguido y siempre dispuesto.

Pero una vez más, amigo Juan, la ley de vida, turbó la paz, cuando en la postrimería de aquella mañana de septiembre, llamó a la puerta de la familia sanjuanista el apocalíptico jinete. El, le abrió la puerta, y atraído por el reflejo de la hoja de su guadaña, subió a la grupa de esa montura de la que ya no pudo desmontar.

Tal como deseaba, el fuego prendió en su pecho su único equipaje, su credencial de portapasos sanjuanista; con su partida, comenzó nuestra pasión, gestos sorprendidos, gestos contrariados, consuelo entre amigos, húmedas mejillas, miradas vacías, moría algo en nuestro interior, se iba un amigo, silenciaba la voz un sanjuanista.

Dile, amigo Juan, que en su ausencia terrenal, serás guía de sus vástagos, dile, que como honra de padre los dos proclaman su sanjuanismo, una, preciosa nazarena blanca, el otro, relevo de cabo de andas, sea.

 Le imagino recién llegado, acomodándose, tal vez preguntando por el néctar de la ribera de quien nadie a acompañarlo baja, mirando abajo que nunca cabizbajo y apenado por el sufrimiento de ella.

Uno, consciente de que la imprudencia puede costarle una sanción de cien euros, que por otra parte son poco tributo para el recuerdo de un sanjuanista caído, quiso que estas líneas fueran las últimas y que fueran escritas Nochebuena, para ello aguardé la visita de mi amigo Ramón, no pudo ser. Pero ocurrió, aquello que ocurre cuando a uno ya lo conocen casi como la madre que lo parió, entre el bendito bullicio de una reunión familiar, mi dama, acarició su copa con la mía, y dijo “por él”; en aquel momento creí haber escrito el final de esta carta.

Al amanecer, iluminado por el sol que por primera vez dio calor al Maestro, entendí que el final de esta debía ser escrito el día de tu onomástica, para ello, y con permiso de mi presidente, en esa cena informal de la familia sanjuanista, invité a los presentes a alzar su copa, “Sanjuanistas, son muchos a los que echamos de menos, son muchos a los que solo oímos su voz en el atardecer del Jueves Santo, pero hoy, nos falta alguien especial, nos falta un amigo, nos falta un sanjuanista, por el, por JOSÉ REBOLLO”

Y los allí presentes, una vez más, le oímos replicar a la voz de     ¡¡HERMANOS VIVA SAN JUAN!!         
                             

Fdo. A.M.Alburquerque