CARTA A MI AMIGO REBOLLO

 

Estimado y querido amigo:

 

El motivo de la presente es hacerte llegar los sentimientos de tristeza que me han desbordado tras los días de Semana Santa y muy especialmente tras tu marcha de forma tan inesperada.

Me gustaría poder ponerme de acuerdo contigo, con tantas cosas como solíamos hacer al término de las reuniones que ahora no se con quien hacerlo. Voy a echar de menos esos comentarios a la salida de las reuniones de la Hermandad o del Tercio, caminando de vuelta a casa las frías noches de invierno y esas otras en las que la primavera nos permitía charlar agradablemente bajo la luna de abril o mayo.

La verdad es que la Semana Santa del 2007 nos ha dejado un sabor agridulce, como suele decirse en estos casos, pues la actuación de Estefanía en el Acto de exaltación sanjuanista. Su entrega tan profunda y llena de sentimiento junto a su profesionalidad hicieron que San Juan brillara como nunca sobre el escenario del Centro Cultural, demostrándonos a todos que el sentimiento sanjuanista se puede expresar de mil formas diferentes.

El aumento de nazarenos este año nos hizo sentir a todos una gran satisfacción al hacernos comprobar como el Domingo de Ramos continúa asentándose y el desfile de San Juan, resultó más alegre y deslumbrante que otros años.

El trono vestido de un rojo vivo, la noche de Jueves Santo, hacia resaltar como nunca la figura del apóstol, los reflejos dorados del trono se mezclaban con el aroma a incienso y flores frescas haciéndolo atractivo a la vista de los ciudadanos que visitaban nuestra Semana Santa y las rosas que cubrían la peana de San Juan, compartirás conmigo que parecían un manto de pétalos de seda que acariciaba sus pies, asemejando un dulce algodón que le llevaba flotando en una nube roja de los frescos atardeceres de primavera.

Pero a veces la vida es cruel y como sucede en los momentos de mayor alegría, esta se vio truncada de la manera más amarga aquella tarde de Viernes Santo, estimado amigo. De nada sirvieron las lágrimas de los sanjuanistas, el dolor de nuestros corazones y las ganas de continuar saliendo como años anteriores.

No se tú, pero yo recordaré ese día de Viernes Santo durante muchos años, pues al levantarme aquel día de primavera con el hombro dolorido por el esfuerzo de la noche anterior, sentí mi corazón triste, cansado, temeroso y dolido, ya que no cesó en toda la noche el tintinear de las gotas en los cristales.

Temprano bajé caminando al Museo Procesional bajo el enorme manto de nubes grises que ocultaba la luz cálida del sol. Las gotas de cristal que caían como el llanto de los ángeles me hacía sentir triste y malhumorado, rezaba para que la lluvia finalizara cuanto antes y con los primeros rayos de sol que se colasen entre ellas, llegase la alegría y la ilusión a la familia sanjuanista.

Al llegar al Museo y comprobar que Juanito, el litri y algunos hermanos ya habían realizado el trabajo duro de limpiar el trono, me hizo sentir una sensación de tranquilidad, que me hizo olvidar momentáneamente la fría lluvia que nos calaba hasta el alma.

Esa mañana llegó temprano Pedro, el florista, con su familia, “cuadrilla” de gala que cada Semana Santa se encarga de vestir el trono con la delicadeza y cariño de un artista, que cada año supera al anterior aunque nos parezca imposible.

Poco a poco se iba llenando el Museo Procesional, Antonio, Cesar, Belchí, Juan Antonio, Paco, Isabel, Alfonso, Pepe, los Valdelvira y un gran número de  sanjuanistas que resultan ser habituales a esas horas de la mañana de cualquier Viernes Santo y que no podían disimular la preocupación que flotaba en el ambiente.

Este año se notaba que era mayor el número de cofrades que llegaban  con caras entristecidas. Los presidentes de las diferentes Hermandades comentaban entre sí, miraban el quicio de la puerta para ver al contraluz, la tragedia que se avecinaba y todos estábamos nerviosos al pensar lo que no queríamos ver.

Recuerdo cuando llegaste con María José y los niños al Museo, con esas pequeñas discusiones familiares que estas fechas nos ocasiona a todos y que tú aceptabas de buen agrado, recuerdo ese momento porque estaba ensimismado viendo el trabajo que los floristas estaban realizando cuando os pude ver al contraluz de la entrada al Museo entrando hacia el trono.

Los floristas trabajaban de forma autómata, uno ataba las almohadillas empapadas en agua, otro cortaba los tallos de las rosas, otro las abría, otros clavaban ramilletes de hojas verdes y las manos delicadas de una mujer pintaba con capullos de rosas bancas pompones primorosos en las cuatro esquinas del trono.

Las blancas rosas, los anthurium y las orquídeas primorosas que en otra época se habrían cortado con el rocío de la mañana para vestir a San Juan, iban dibujando sobre las bandejas preparadas un cuadro de luces y colores que desprendía un aroma a primavera fresca.

Todos entrábamos y salíamos como queriendo descubrir algo nuevo en nuestro regreso al trono, que nos sorprendiese gratamente. Unas veces íbamos a la parte de delante, otras a los lados, pero una de esas veces me fui a la parte de atrás del trono, donde Pedro se encontraba; trabajaba ensimismado con su cigarrillo entre los labios, en vez de fumárselo parecía que lo mascaba, ya que no podía ocultar su preocupación y la tristeza parecía que lo inundaba por momentos, al ver como su trabajo se podía desvanecer por la lluvia furtiva de este día gris. Estaba nervioso, me acerqué para ver como colocaba las orquídeas en los laterales, inclinándose un poco me dijo al oído, silenciosamente, como si no quisiera que nadie más lo oyera, “mal pinta Ramón; es una lástima con lo que yo quiero poner hoy a sus pies y con lo bonito que va a quedar”.

El corazón me palpitó con golpes bruscos que me ahogaban, porque él no veía, como yo, desde donde estaba la belleza del cuadro que estaba realizando, intenté impedir que las lágrimas resbalasen por mis mejillas y salí a la puerta para que las gotas de lluvia se confundieran con el sentir de mi corazón.

Todo estaba casi terminado, solamente faltaba la parte de atrás, la sala de máquinas, como la llamamos; y mientras me recuperaba en la puerta, Pedro comenzó a trabajar en ella y con sus pies en las varas, donde tú y Juanito colocáis las almohadillas comenzó a pinchar un manto de orquídeas blancas como si intentara simular un velo de novia que cubriera sus nalgas de las miradas curiosas.

Llegada la tarde aguardando que la lluvia finalizase y nos dejara desfilar esa noche, con los ojos fijos en los cristales, recuerdo que me llamaste para preguntar si salíamos, tras tu llamada decidimos vernos en el Museo y todo el mundo comenzó a concentrarse en su interior. Aquello parecía un enjambre de abejas revoloteando junto a su reina, unos con las listas de los hermanos y los teléfonos listos por si ocurría el milagro, los otros paseaban entre lágrimas y nosotros inquietos revoloteábamos junto al trono, blanca estampa del cariño a nuestro San Juan.

Pero ya ves de nada sirvieron los rezos y las lágrimas perdidas por las ansias de salir, de nada sirvió que Santos dejase a su retoño recién nacido y a su esposa para ver a San Juan tan bonito; finalmente ni tú ni yo, ni ningún sanjuanista pudo vestir esa noche la túnica blanca y desfilar por las calles de Alcantarilla.

Pero todo el dolor de ese día ha sido superado por tu inesperada marcha, en silencio, deprisa, como una estrella fugaz, que no da tiempo a apagarse.

Quién me iba a decir, que esa Semana Santa iba a ser la última, quien me aseguraría que muy a mi pesar ya no podré empujar tu hombro bajo mi guante cada Jueves o Viernes Santo, ya no podrás acompañarme a buscar esos pequeños detalles para las esposas de los portapasos, que ya no podrás refunfuñar a Antonio por cambiarme de lado, girar tu cara en cada parada para decir ahí están tu familia, o mira como esa luz tiembla mientras San Juan baila, como carga ese, o como me duele el alma.

Por eso me pregunto una y otra vez ¿Por qué te has marchado?, ¿por qué te has ido sin despedirte de los amigos? En verdad esperaba que cumplieras tu palabra, que vendrías con tu almohadilla, que la atarías al alba bajo el rocío de la mañana, como siempre preparado para salir cada Virgen del Rosario.

Querido amigo, me pregunto ¿Por qué?, ¿Por qué San Juan te llama?, él sabe que necesitamos tu presencia, tu fuerza y tu amistad. Dile que tu familia te añora y los amigos te echamos de menos, dile que él podía haber esperado un poco y no llamarte tan temprano, que llegaste de San Pedro en silencio, pescador de ilusiones, y te llevas las redes llenas de corazones blancos.

Dile a nuestro apóstol que yo he dicho, que ha acertado, que ha reclutado al sanjuanista puro, un hombro fuerte y seguro para llevar su trono alado, pero dile también que aquí nos ha destrozado, pues te fuiste muy pronto a su lado, dile a nuestro apóstol que este año sin ti ya no será lo mismo el gritar a la salida o a la entrada ¡Hermanos, Viva San Juan!

 

Ramón Montaño Yuste

Directivo de la Hermandad de San Juan Evangelista

 

PD: En recuerdo a mi gran amigo José Mariano Rebollo Zapata, alguien al que siempre recordaré como a un Hermano.