EL DÍA QUE DECIDÍ SER NAZARENO

 

Al despertar la mañana del Viernes Santo del nueve de abril de dos mil cuatro sentía el cansancio en los ojos aún entreabiertos. Por el quicio de la ventana pude observar un amanecer oscuro y lluvioso que dejaba ver por los cristales de la habitación como el cielo había estado llorando toda la noche una incesante lluvia de estrellas, brillantes lágrimas de reflejos dorados.

 

Salí de la habitación, mientras Ana y las niñas dormían con tranquilidad en el silencio de la casa adornada de  rojo y blanco. No necesito asomarme a la ventana para comprobar que la lluvia aún jugaba en los charcos salpicando las aceras.

 

Ya son las nueve de la mañana y por primera vez no tengo prisa por vestirme y acudir al Museo Procesional, para ver como visten y engalanan el trono de San Juan.

 

Preparo el desayuno y me siento ante el televisor, en las noticias compruebo como en la Semana Santa de Sevilla lloran por no poder sacar los pasos a la calle, mi cabeza se gira inconscientemente ante esas imágenes, buscando ansiosamente las otras lágrimas que aquí no cesan de caer, rezo para que no ocurra lo mismo y veo como el agua continúa llamando a los cristales sin intención de detenerse; en fín, pensé,  quizá nos suceda igual.

 

Mientras tomo el café, los recuerdos de otras Semanas Santas, de anteriores Viernes Santos fluyen en mi cabeza, especialmente el de la Semana santa de 1997, donde era solamente un novato advenedizo que tomó las riendas de algo que con el tiempo me ha robado el corazón.

 

Recuerdo esas primeras discusiones con Antonio Martínez Alburquerque, el cabo de Andas, a las espaldas de Hero, que aunque él dice no recordar, fueron esas primeras puestas en común que se hicieron para intentar convencerlo y conseguir hacerle comprender que necesitábamos tener otra persona que pudiera organizar y dirigir el trono.

 

Y esas mañanas en el Museo Procesional, donde Antonio me increpaba “Piensa algo para esta noche”, “Hay que hacer algo que sea diferente y motive a la gente” y tengo que reconocer que hay veces, aunque muchos piensen lo contrario, que te tengo que dar la razón, Antonio.

 

El tiempo pasa sin darme cuenta, son las nueve y media, me levanto de la mesa y me dirijo al cuarto de baño para afeitarme y ducharme, al entrar ahí está mi túnica igual que el primer día que me la puse, blanca reluciente colgada de la percha con el escudo cosido en el pecho, junto al corazón. Junto a ella otra percha sostiene la novedad de este año, un capuchón blanco con los filos dorados y el mismo escudo cosido a la altura de la barbilla, que en el reflejo del cristal me miraba desafiante con sus oquedades llenas de ilusión por salir esta Semana Santa.

 

Tras breves segundos de reflexión apago la luz y cierro la puerta, y me voy pensando, “no está todo contigo amigo”.

 

A las once y media baje a comprar el periódico y tras subirlo a casa me despedí y comencé a caminar calle Mayor abajo para ir al Museo Procesional, los pasos eran lentos, dubitativos, como si mis pies no quisieran que llegase nunca a mi destino.

 

Seguía lloviendo, las calles medio vacías solamente dejaba ver un desfilar de paraguas que sorteaban las sillas que aún guardaban su sitio en las aceras por si finalmente salía la procesión.

 

No tenía prisa por llegar, me paré en el quiosco y al llegar al callejón del Museo Procesional, ví que salía Juanito Candel  (el panadero), y al preguntarle por la gente de la directiva de portapasos, me contestó que estaban allí como siempre, pero que a las ocho y media solamente había llegado él, me despedí y me dirigí al interior.

 

Al entrar en el Museo Procesional, pude comprobar que los floristas prácticamente ya habían terminado de poner las orquídeas que cada año adornan el trono en Viernes Santo.

 

El trono de San Juan estaba impresionante y San Juan en lo alto de la peana, rodeado de rosas y orquídeas blancas que resaltaban aún más su majestuosidad y belleza. Con la mano alzada y mirando a la lejanía, parecía indicarme donde estaba el capuchón, que me aguardaba para salir.

 

Eché unas fotografías y abandoné el Museo Procesional, busque a la gente que habitualmente esta por los alrededores, este año el Viernes Santo ha sido demasiado diferente, mi cabeza me quería alejar de allí, pero mi corazón me empujaba hacía donde debía estar.

 

Nos fuimos a comer algunos Hermanos y después a descansar, caminé bajo la lluvia que no había cesado de caer, volvía a casa disimulando entre las gotas de agua las lágrimas de mi sentimiento; al llegar a casa sentí cerrarse mis párpados agotados y descanse un rato.

 

A media tarde pensarían; San Juan, San Pedo, todos los apóstoles juntos y nuestra querida Virgen del Rosario que ya era suficiente y ceso de llover, las calles se secaron dejando pequeños charcos en las olvidadas esquinas del recorrido.

 

A las siete comencé a vestirme, me coloque todos los aparejos que Ana, mi esposa, plancha y me prepara cada año para salir; camiseta blanca, pantalón corto blanco, el pañuelo, la riñonera…. Me metí la túnica, los manguitos, ella me colocó el pañuelo blanco al cuello y finalmente cogí mi capuchón en la mano.

 

Me despedí de la familia y comencé a caminar hacia la iglesia, al entrar en el salón de los tronos, San Juan me aguardaba frente a la puerta como siempre, pero con una mirada diferente, parecía sonreir al verme entrar con mi capuchón en la mano, dos o tres portapasos apoyados en las varas y algunos nazarenos alrededor organizaban sus túnicas.

 

Cuando nos fue posible, colocamos las varas traseras que se habían quitado la noche anterior para facilitar el trabajo de otras Hermandades. Situé la almohadilla en mi lugar de costumbre y con mi capuchón en la mano iba y venía de un lado para otro, temblando como un novato que espera su primera salida.

 

Nos tocaba salir a la calle, tras la foto de rigor con Mercedes Jiménez, nuestra Nazarena Mayor, todos nos colocamos en nuestro sitio a las órdenes del cabo de Andas.

 

El trono comienza a moverse, se dirige al altar de la iglesia, gira y justo cuando  llegamos a la altura de la capilla de la Aurora, donde San Juan descansa cada año en su capilla; en ese momento, Antonio me pide que suelte la almohadilla y que cambiase el sitio con Pepe Cánovas, me hizo que saliera por primera vez en once años en las varas de delante, ya hice otro cambio en 1998, cuando cambié de la vara exterior a la vara de dentro de la “sala de maquinas”, cambio que fue motivado por el fallecimiento de mi padre y quería perderme en el anonimato.

 

Pero hoy dejaba mi puesto en la parte de atrás, para sustituir a un  hermano en las varas delanteras, pero no importa este viernes era distinto, ya en el quicio de la puerta tomé mi capuchón y lo deje caer sobre mi cara, lo fije con la cinta mientras Antonio me miraba a los ojos y con un vaivén de cabeza me quería hacer saber que no estaba seguro que esto fuera a salir.

 

Mientras me ajustaba el capuchón pensaba que de un momento a otro vendría alguien para pedirme que no nos pusiéramos el capuchón.

 

El cabo hace sonar la campana, se retiran las ruedas, las patas del trono se embuten sobre sus guías, los hombros doloridos por el esfuerzo del Jueves Santo se ponen tensos para recibir el peso de San Juan, pero antes de dar un paso, Antonio me tiende la mano entre las varas, para darme su apoyo, ya estábamos en la calle.

 

Mi corazón estaba henchido de alegría, y el anonimato que me brindaba el capuchón me hacía sentirme más libre que nunca en la procesión de Viernes Santo.

 

La Semana Santa de Pasión se había hecho realidad, iba de penitente, entre las varas cargando y con el hombro dolorido pero firme para portar a mi San Juan, a través de los dos orificios se dibujaba una procesión diferente, las personas que cubren el recorrido miraban asombradas, pero nadie puede igualar el asombro que yo mismo tuve, nunca he desfilado como nazareno, nunca he cubierto mi cara de las miradas y esta noche por fin los ojos del capuchón eran dos ventanas inmensas que me permitían ver la procesión de otra manera.

 

Cuando terminamos, al dejar mi cara al aire otra vez, sentí la sensación de haber tenido una satisfacción personal tan grande que va a ser difícil olvidar.

 

Y fue esa noche de Viernes Santo cuando decidí lleno de satisfacción que yo cuando deje de cargar, yo si voy a ser nazareno, nazareno de San Juan.

 

¡Hermanos, viva San Juan!

Ramón Montaño Yuste