Hermanos, Viva San Juan

 

De nuevo, un año más, la llegada de la primavera nos trae a las calles de Alcantarilla el aroma de la Semana Santa.

Las aceras marcadas de cintas, ladrillos, cuerdas y sillas; determinan los lugares donde al llegar la noche, los adultos y la chiquillería esperarán ilusionados la llegada de los primeros nazarenos que depositen en su mano ese primer caramelo con sabor a frutas de la huerta, aroma fresco de la primavera que recubre con sus colores las procesiones de Alcantarilla.

Los vecinos adornan sus balcones con banderas de múltiples colores,  rojas de los coloraos y de San Pedro, verdes de la Macarena, azules de la Virgen de los Dolores y de la del Primer Dolor, moradas de Nuestro Padre Jesús, del Cristo del Calvario y el de Medinaceli, negras del Cristo del Santo Entierro y del Cristo de la Buena Muerte y blancas del Resucitado y de San Juan.

Banderas blancas que llevan impreso el símbolo sanjuanista, que cuelgan de las barandillas de los balcones, asemejando un puzzle que adorna las fachadas, aromas de pasión que nos trae el recuerdo de la primera Semana Santa.

A la llegada del Jueves Santo, bajo paseando por la mañana camino del Museo Procesional y el recuerdo de los desfiles pasados me traen al instante infinidad de imágenes que me sitúan en el recorrido de la procesión. “La calle Mula parece oscura, la de las monjas es emotiva pues abre la subida a la cuesta de la Plaza, donde el trono en los hombros se clava, la calle tropel que no se sabe si sube o si baja, la calle la Cruz que desemboca en la de los pasos cada Semana Santa abre la puerta a la estrecha calle del tranvía, donde los bordillos se cierran y los balcones se inclinan para tocar con su mejilla la brisa de los tronos que les acaricia. Cuando salimos a la calle Mayor el cansancio se transforma en algarabía, las personas se multiplican, los portapasos se animan, se levantan los tronos, ya no caminan, ochocientos metros indican que esto se termina”.

Mi llegada al Museo me descubre la realidad de cada Semana Santa, cientos de personas entran y salen, suben y bajan de los tronos, los floristas compiten entre sí en una lucha de luz y alegría, belleza que pintan con sus manos de artistas.

Y por fin llega la tarde, comienza el ritual de cada Semana Santa, las madres, esposas y novias han preparado las túnicas, todos se visten, salen de casa con la túnica planchada, fajín ajustado, volandera la capa, el capuz en una mano, en la otra la luz aún apagada, camino de la iglesia, se cruzan con los portapasos que muestran su cara.

Primero una visita obligada, ver a San Juan y los tronos adornados de colores que esperan para salir a la plaza, los adornos florales dibujan infinidad de ondas aromáticas.

Los primeros portapasos de San Juan llegan a la plaza, la iglesia abierta recibe sus miradas, los tronos maquillados de flores y luces blancas aguardan en la salida a que los costaleros los levanten en andas.

Se busca al Cabo, el presidente le llama, sácalo a la plaza deja que lo vean, con sus rosas rojas o con las orquídeas blancas, las luces continúan apagadas, miran y callan, observan su mirada, están esperando, esperan la llamada, el nazareno aguarda en silencio, se ajusta el capuz, la cabeza alta,  centra los ojos, la mirada clavada y el rostro de San Juan mirándolo le habla: “Ve en silencio, camina y calla, que Cristo fue delante como el Viernes en la Cama, y tú eres el guía, la luminaria que guía a la madre desconsolada”.

Un centenar de niños revolotean junto al águila, cetros pequeños, grandes almas, ilusiones creadas por los pequeños soñadores de la Semana Santa, que representan el futuro que nos aguarda.

Ya es la hora, el trono se para a un golpe de campana en el centro de la plaza, la voz del Presidente que a un grito llama, “Hermanos, Viva San Juan”, las luces se encienden, el trono se levanta y todos a una contestan, “Viva”, mientras el trono avanza. La plaza en silencio escucha como gimen sesenta almas, el trono se retuerce, la madera habla, sobre ciento veinte brazos camina por la plaza.

Comienza la procesión, el espíritu sanjuanista abre sus alas, envuelve a la noche de Jueves y Viernes Santo de un aroma a incienso, a orquídeas blancas.

Todos en silencio, escuchan las cornetas, los tambores, las palmas, el paso de las sandalias retumban en las calzadas, el trono se gira, gime en cada movimiento, crujen las varas.

Cuando llega la madrugada, todo se acaba, los cuerpos cansados, por fin descansan, las miradas perdidas se encuentran en su mirada, con su mano alzada San Juan dice adiós a Alcantarilla, hasta la próxima Semana Santa.

Se termina la procesión, y con el trono en el dintel de la puerta se escucha la voz del cabo de andas gritar: ¡hermanos, esto se acaba! Todos miran hacia arriba aprietan los dientes se aferran a las varas y recuerdan las palabras que les alienta, que les reconfortan y les da la calma, y en el silencio de la noche se escucha:    ¡Hermanos Viva San Juan!

Ramón Montaño Yuste