XIX CARTA ABIERTA A SAN JUAN EVANGELISTA

 

¡Que tal, amigo Juan!


            Supongo, que ya te ha llegado el redoble de tambores y sonar de cornetas cuyos acordes pretende afinar, y que te sirven de aviso para que no olvides guardar la mascara de carnaval y ordenar prestas filas de nazarenos del más allá que acá ansiosos esperamos.


            Dicen, que cuando uno es joven, la vida solo se conjuga en presente, solo existe el hoy y difícilmente se recuerda el ayer; a medio camino el ayer queremos hacerlo hoy, aunque solo vivimos para el mañana; y cuando llega el mañana solo nos mantiene vivos el ayer.


            Algo así es lo que le pasa al sanjuanista, verbigracia; mi ayer, era ese Jueves Santo que a la tutela de mi madre vestía de blanco, mi ayer, era el redoble de tambor que refugiado en San Pedro, erizaba bellos, quebraba voces y lubricaba ojos, a la par que anunciaba tu salida flanqueada de nazarenos; mi hoy, es querer atraer aquel ayer cuya vivencia incompresiblemente se le sustrae a mi heredad sanjuanista, al amparo de peregrinos argumentos cuyo único fundamento y en la mayoría de los casos, es no haber disfrutado un ayer tan hermoso, tan profundo, tan vibrante como el ayer sanjuanista; y supongo, que si el paso del tiempo llega a moldear mi rostro, en la primavera que ya mañana sea, y cuando los que ahora residen en el ayer estén viviendo su hoy, les recordaré que en su ayer fueron privados de las raíces del sanjuanismo alcantarillero, e imagino, que al igual que le ocurre a mi presidente y padrino sanjuanista Diego Paccetti cuando habla de su ayer, se quebrará mi voz a la vez que mi vista se nuble, con ese recuerdo que jamás debimos permitir que fuera pasado.


            Como sabes Juan, el pasado Viernes Santo, sólo algunos portapasos cubrieron su rostro y con ello provocaron todo tipo de comentarios, que alcanzan su mayor crudeza y radicalidad en los labios de quienes solo ocultan su faz por imperativos del guión, y que en el mejor de los casos, sustentan su crítica en el argumento de la estética. Evidentemente, los desfiles procesionales no están exentos de la atadura de las formas y las señas de identidad que cada hermandad plasma en su vestir, si no, sin duda estaríamos en carnaval. Recuerdo, que cuando era el nazareno que nunca he dejado de ser, y con independencia de que portara luminaria o cetro, siempre y en toda procesión y al menos durante unos segundos, al cobijo de la tenue soledad que entre cientos de almas procuraba el raso que cubría mi cara, podía tras mirarte cerrar los ojos y mirar en mi interior. Nunca sabré si eso me ha hecho mejor persona, pero si sé, que la sensación de paz que me inundaba tal vez sea la que otros alcanzan en ejercicios espirituales o en el recogimiento de noches de vigilia pascual. Por ello, hazles saber amigo Juan, que el anonimato de caras, tan sólo es, la búsqueda de la exigua satisfacción de un momento de recogimiento siempre privilegio del nazareno y que al menos el día de Viernes Santo queremos compartir tus portapasos.

             

¡! HERMANOS, VIVA SAN JUAN ¡!

 Antonio Martínez Alburquerque