CUANDO EL TRABAJO DE TODO UN AÑO SE DESVANECE EN UN INSTANTE


            De nuevo tengo el privilegio de poder escribir para vuestra revista y es una gran satisfacción para mí poder formar parte de ese grupo de colaboradores que cada año escriben en ella.

En anteriores ocasiones he utilizado estas líneas para llevar hasta los Hermanos cofrades de la Pasión de Cristo la historia de la Hermandad de San Juan Evangelista de Alcantarilla, pero esta vez quiero aprovechar la oportunidad que se me brinda para recordar esa primera vez que viajamos a Cehegín y transmitir las sensaciones que este corazón sanjuanista sintió en esos momentos tan tristes para un nazareno, que ve como el trabajo de todo un año se desvanece en un instante.

Aquel Martes Santo amaneció con el cielo cubierto, estuvo lloviznando durante todo el día, las gotas de lluvia formaban un manto inmenso que ahogaba toda esperanza, mientras el cielo gris no dejaba ver ningún resquicio de luz que hiciera concebir la ilusión de poder desfilar esa noche con vosotros.

A media tarde, la lluvia que estaba cayendo, fue calmándose, parecía que quería hacernos creer que se iba a detener; incluso un instante paró de llover, precisamente en el momento en el que iniciamos el viaje a Cehegín.

En la carretera, la lluvia volvió a hacer acto de presencia y comenzó a apretar de nuevo cuando accedimos a la plaza del Convento. Esperando bajo el dintel de la puerta había algunos nazarenos y nazarenas, el resto se encontraban en el interior orando y rezando para que se produjera un milagro.

Cargados con las túnicas entramos al Convento; al fondo, el altar y en lo alto la imagen de la Virgen de las Maravillas, que en silencio nos seguía con su mirada mientras caminábamos hacia la capilla. Nuestro caminar era rápido pero tranquilo, nuestras túnicas de raso blanco y paño colgaban de nuestros brazos, bajo una bolsa transparente que dejaba ver el escudo con el águila de San Juan.

Entramos en la sacristía y en el recogimiento de esta, comenzamos a vestirnos entre los susurros de los hermanos que entraban y salían, esperando la hora del comienzo de la procesión.

Con la túnica ceñida, los guantes calados y el cetro en la mano salimos de la sacristía, con la cara seria y la mirada entristecida nos acercamos al altar. Desde allí, entre los capirotes, al trasluz, veíamos caer las gotas transparentes que dibujaban pequeños espejos en el suelo y reflejaban la impotencia y el sufrimiento de los cofrades que con el paso del tiempo veían cada vez más difícil la posibilidad de ver desfilar sus imágenes por las calles de Cehegín.

Unos entraban y salían, otros deambulaban por entre los robustos pilares que sustentan la bóveda de la iglesia, como almas en pena, rezando, suplicando que la lluvia se detuviera, alimentando esa pequeña esperanza que en realidad era la ilusión imposible de un pueblo entristecido.

Durante la espera, los sanjuanistas paseamos admirando las imágenes que habitaban en cada rincón del Convento. Los tronos de María Magdalena y el Beso de Judas, adornados con vistosas flores aromáticas y coloridas descansaban sobre los bancos, esperando ser alzados a los hombros de los costaleros y costaleras.

La desilusión se palpaba, la tristeza inundaba los corazones de los nazarenos, que entre sollozos y lágrimas continuaban con sus rezos silenciosos.

Cuando D. Francisco Ciudad, Presidente de vuestra Cofradía,  subió al altar para anunciar lo que todo el mundo esperaba pero nadie quería oír; los corazones se sobrecogieron, las lágrimas se saltaron y los nazarenos mayores, jóvenes y niños veían rotas todas sus ilusiones de forma inevitable.

Todo había concluido, se había suspendido la procesión, el trabajo de todo el año se desvaneció; pero recordad que nada se termina, solamente se aplaza, los malos recuerdos se olvidan y quedan los buenos, las tristezas se tapan con alegrías y las penas con ilusiones, y el trabajo perdido debe ser la semilla para seguir trabajando en las empresas futuras que inicie vuestra Cofradía.

Ramón Montaño Yuste.