EL MESÍAS VUELVE A ENTRAR EN JERUSALÉN

 

Llega un nuevo amanecer, el domingo de Ramos trae las primeras gotas de rocío de mañana semana-santera, en este mes de marzo que la primavera espera. Cristo se encuentra a las afueras, exiliado del campo santo, apartado de la casa del Padre, bajo mantas escondido del polvo que trescientos sesenta y cinco días deja caer sobre todo lo que se detiene.

Es al amanecer del sábado, el día antes cuando un grupo de sanjuanistas abren la puerta del olvido para acercarse a la imagen que se esculpiera en madera noble con las manos del cariño.

Con la ansiedad, como si se tratase del primer día, deslizamos el manto sobre el cuerpo aún impune de nuestro señor Jesucristo.

La borrica, cuyas orejas asoman por los resquicios que la sábana deja libres, parece que siente cuando la destapamos parece llenarse de alegría, cual como pollino juguetón, como el  Platero de Juan Ramón; su sonrisa le descoyunta las quijadas, esas quijadas enormes y voluminosas que no paran de batirse como si estuviera rumiando los acontecimientos venideros.

Comienza de nuevo el peregrinar a Tierra Santa, como hiciera Jesús con sus apóstoles, cuando caminaban hacia Jerusalén. Comienzan los sanjuanistas a caminar junto a la imagen cargados de puntas de vara, estandartes, cetros y objetos del trono de San Juan.

A su llegada al Museo es recibido por las hermanas de la Virgen de las Lágrimas, que al igual que su Titular dibuja en su rostro una tristeza y una paz sin límites, representada por un collar de lágrimas de amor que cuelgan de sus mejillas como jazmines en flor. Lágrimas de alegría que anuncian la tristeza de esta semana venidera, donde verán al Cristo ser azotado y crucificado, para culminar con su resurrección.

Te preparamos, te adornamos junto a San Juan y a la Madre dolorida, tu trono en madera desnuda, prestado cual la borrica, comienza a adornarse de flores, plantas, pequeñas tallas de nuestros hermanos coloraos; se aproxima el medio día, hay que abandonar el Museo, dejarte ahí pensativo, meditando como en el huerto de los olivos.

Como sucediera hace dos mil años en Jerusalén, tu aparición levantará emociones, las palmas de la mañana vendrán a acompañarte esta tarde, los niños que jugueteaban ayer a tu alrededor, ahora te acompañan dándote color.

Son las seis de la tarde, todos preparados están, tú listo a la puerta de la iglesia, para salir en lugar de entrar a Jerusalén, esperas mirando por ella entreabierta para ver como se aglomeran uno tras otro esperando tu salida.

Los primeros nazarenos con los niños hebreos van, los vítores a tu salida, que todo el recorrido te seguirán, dan paso al Himno nacional, seña de tu grandeza, reconocimiento de tu bondad, aunque algunos no sepan asimilar.

Todos gritan a tu salida ya llega el Mesías y tras él, San Juan, el discípulo amado que a María toda la semana acompañará, para poder sufrir con ella, para poder saciar sus penas, para poder gritar con todos ¡viva el Mesias! ¡Aleluya! ¡Aleluya!

 

Ramón Montaño Yuste