XVIII CARTA ABIERTA A SAN JUAN EVANGELISTA

 

¡Que tal, amigo Juan!

            El pasado 27 de diciembre, decía el párroco Tomas, dirigiéndose a los nuevos “aguiluchos sanjuanistas”, que fuiste el único de los apóstoles que permaneció junto a Jesús, hasta la misma muerte en la cruz; aquello me sonó a una de esas manifestaciones de tu eterna juventud, me hizo recordar esos tiempos donde la juventud se impone a la razón, donde las normas son sometidas por la sinrazón que sigue dictados del corazón.

           Tu juventud, postrada ante la cruz, se impuso a esa razón que seguro te animaba al abandono del “Mesías”. Tu juventud, la misma que encontró refugio al regazo del “Nazareno”, es la que impregna al sanjuanista portapasos alcantarillero, cuando la raza somete al cansancio y la entrada del Viernes Santo, salida pretende ser; es cuando sesenta doloridos hombros demuestran su pasión, enfrentándose a la norma con penitencia hecha dolor.

            El sanjuanismo, es muestra de juvenil descaro, nunca irreverente y siempre sacrificado. El sanjuanismo, es el acopio de valentía cristiana necesaria para llorar a los pies del “Maestro” en su agonía, aún cuando romanos intimiden con sus lanzas amparadas en la Ley, y fariseos conviertan sus lenguas en armas mas peligrosas que las propias lanzas. El sanjuanismo, es ser recompensado cada Jueves y Viernes Santo con esa juventud pasada, durante un año olvidada, que todo lo puede y que nunca pide nada.

            Juan, siempre me preocupó, que el sanjuanismo fruto de herencia materna no testada, no encontrara sucesión, y ahora si me descuido, la heredera de ocho primaveras casi anda exigiendo mi abdicación, y en ello, yo encuentro mi gran satisfacción.

            Es una herencia que conlleva condena de placer, pues mi “aguilucho sanjuanista”, entiende su falta en una salida nocturna de sus progenitores, o en una reunión de mayores; pero cuando tú, amigo Juan, eres el motivo de nuestra presencia, no hay razonamiento humano que le justifique su ausencia.

            No sé, si cuando comience a preocuparse del paso del tiempo, gozará del respeto sanjuanista alcantarillero, no sé, si el mismo tiempo me permitirá experimentar lo que solo imaginar lubrica mis ojos, la majestuosidad de un desfile sanjuanista que avanza por la calle Mayor, mi enana bajita hecha mujer, un capuz blanco de rojo ribeteado sobre sus cabellos dorados, tras los ojos en el raso rasgados una oculta mirada de satisfecha complicidad y un puñado de caramelos que suenen, a gracias sanjuanista papá, te quiero.

            Ni tan siquiera sé, si traerá a casa la alegría de una “Nazarena Mayor de San Juan”, o el calvario de una vida desorientada, pero sí sé que hoy es digna del legado sanjuanista, pues es capaz de provocar en mí, dolor y alegría a la vez, el dolor de no oir a su legataria abuela sanjuanista replicar, cuando mi Rocío me colma de alegría, al gritar ...


“HERMANOS, VIVA SAN JUAN”

 

 

A. Martínez Alburquerque