LA ENTRADA TRIUNFAL DE JESÚS EN JERUSALÉN

 

Trece de abril, festividad de Domingo de Ramos, los tronos cargados de flores desprenden infinidad de aromas que perfuman las calles de Alcantarilla y pasean por el gris asfalto los colores de la primavera, despertando los sentidos de los paseantes que se han acercado a nuestra Villa para ver la procesión del Cristo de la Borriquilla.

Los banderines blancos y azules con el águila y los evangelios, y el corazón dolorido de  María atravesado con una daga del amor, adornan los balcones por donde van pasando.

El bullicio de la multitud se transforma en silencio al verlos asomar, silencio que se rompe con el sonido de los tambores que abren el cortejo con su típico redoblar. El paso alegre de las costaleras y costaleros hace palpitar el corazón de los asistentes que se agolpan en las aceras, donde los niños solicitan con su mano tendida a los nazarenos que desfilan, los primeros caramelos de la Semana Santa.

El Cristo sobre la Borriquilla, agitando la palma que sostiene en su mano, a la sombra de la olivera, observa con mirada tranquila como los niños corren a su alrededor festejando su Triunfal entrada en Jerusalén.

El joven apóstol Juan sigue al Maestro con la mirada entristecida, perdida entre los árboles y farolas que alumbran el recorrido, con su mano alzada señalando el infinito, intentando indicar el camino a la sufrida Virgen de las Lágrimas, mostrándole con el rostro inalterable lo que él sentía, la pasión del que ahora les precede, los azotes del inocente, la humillación del misericordioso, el camino al Calvario del Mesías, ese al que llamaban "el esperado"; la sangrienta muerte de su hijo amado por el que derrama las lágrimas que lavan su dulce rostro de madre dolorida.

Juntos forman ese cortejo que abre las puertas de la Semana Santa de Alcantarilla, con filas de penitentes que llevan sus rostros cubiertos por los típicos capuchones nazarenos, con los faroles alumbrando el camino que un día Jesús recorrió con la frente ensangrentada, portando sobre sus espaldas la cruz de los pecados del ser humano.

Ya cae la tarde y los tronos iluminan el final del recorrido, se marchan dando paso a los demás penitentes que día tras día desfilarán reflejando la Pasión, Muerte y Resurrección del que hoy abre el cortejo, del que vino a salvar el mundo de odio y envidio, de pena y de dolor, que arrancó el pecado de los corazones de los hombres entregando su vida en señal de amor.

 

Ramón A. Montaño Yuste