TÚ FUISTE EL ELEGIDO, EL DISCÍPULO AMADO

   

    La tarde declina en el horizonte, anunciando la caída del día. Los Hermanos portapasos de San Juan, ya vibran emocionados por llevar un año más, sobre sus hombros, al gran San Juan Evangelista.

    ¡Cómo dejarte solo en ese memorable día! Somos y seremos, mientras las fuerzas no decaigan y precisemos el relevo, tus pies, "querido San Juan"; para que caminando tras los pasos del maestro Jesús, el que clamaste como el Verbo encarnado que habitó entre nosotros, des testimonio de su verdad.

    Es Domingo de Ramos y podemos vislumbrar a San Juan, perfectamente engalanado en su trono, portando la palma. Pues como uno más, quiere acompañar a Jesús en su única procesión acaecida durante su estancia entre nosotros, conmemorando la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén. Él va delante, como se había profetizado: "No temas, hija de Sión, mira que viene tu rey montado en un pollino de asno".

    ¡Pero no estás solo! Tus portapasos en perfecta armonía y con gesto honroso y humilde, te alzan sobre sus hombros y al grito enardecido de: ¡Hermanos, viva San Juan!, inician un año más su caminar majestuoso por las calles del pueblo.

    Calles estrechas y cuestas, hacen dificultoso el avance. Pero superan las dificultades con el ardiente espíritu sanjuanista que les anima; facilitando ese diálogo y encuentro personal con el santo, tan enriquecedor durante la procesión.

Ese sentimiento, no pasa desapercibido para las gentes que esperan su paso por las calles, desatando palmas y vítores.

    Aunque el cansancio es patente, por el largo recorrido, no se percibe en vuestros rostros, siendo difícil encontrar una huella de decaimiento. ¡Y cómo no hacer mención de vuestro encuentro con la Virgen! Esa calle Mayor desbordada de hito en hito, deja conquistar sus corazones, ante el lento caminar de nuestro más preciado regalo "La Virgen de las Lágrimas" y tú, "querido San Juan"; que fuiste el depositario en nombre de toda la Humanidad.

    Por algo fuiste el elegido, cuando Jesús pronunció las bellas palabras: ¡Ahí tienes a tu madre!

    Y llegado el final de la procesión, das paso a la Madre, que en la plaza de la iglesia os acoge, en ese abrazo, en el que todos los presentes nos sentimos uno. ¿Cómo poder expresar ese torrente de sentimientos, en limitadas palabras? ¿Cómo transmitir ese espíritu del que nos impregnamos, todos los que observamos expectantes?

    Sólo me queda decir, que deseo que lleguen de nuevo los días, en que nos tiendas la mano, a hombros de tus portapasos, consiguiendo que no perdamos nunca de vista la estela del "gran maestro", para el que tú fuiste "El discípulo amado".

Mª Dolores Mena Sánchez