TEMOR DE DIOS DE UN SANJUANISTA

 

    ¡Qué tal amigo Juan!

    Un año más se repite la historia, he de vestir el desnudo papel con las sensaciones y emociones sanjuanistas del último año semanasantero.

    Año que no sé si marcó el fin de un siglo y el principio de un milenio, ni tan siquiera sé, si ello tiene o no tiene relevante importancia, y sin embargo sé, que recordaré este año como aquel en el que descubrí el "temor de Dios".

    Siempre pensé y sigo pensando que el Yacente cuyo majestuoso camino indicas en los Viernes Santo alcantarilleros es amor, amor que siempre impide la existencia o mínimo vestigio de la mal llamada "cólera o temor de Dios", pero ya ves Juan, un desgraciado incidente del que espero pronta recuperación me hizo recordar.

    Recordé, a los caídos sanjuanistas que ya no pueden procesionarte en la terrenal Semana Santa; recordé a aguerridos portapasos que ausentes esporádicos en tu desfile por problemas de salud, escondieron sus lágrimas refugiados entre la multitud; recordé la pasión del ciezano de mi maestro converso sanjuanista desde que vivió tu desfile procesional; y recordé, el rodar de agüita salada por las mejillas de Mari cuando casi oculta en la sombra de su ventana procesional intuía tu llegada, la llegada de su San Juan.

    Y tras el recuerdo, encontré la esencia del único temor de un sanjuanista, el temor a no poder procesionarte, en definitiva, es el temor a lo desconocido, y como bien sabes Juan, en lo terreno se teme lo no conocido.

    También es cierto Juan, que algún lector no sanjuanista podría hacerse la siguiente reflexión, "si temor es sinónimo de no conocido ¿qué es desconocido para un sanjuanista?", y como convendrás conmigo merece una explicación que entiendo más avalada si la llevo a cabo de forma ejemplarizante.

    Verbigracia, mi estimada amiga Cati desconociera que su casa en Semana Santa no fuera un ir y venir de túnicas blancas salpicadas de imponderables de última hora y de nerviosismo sanjuanista; la sanjuanista Pepa echaría de menos al intruso que año tras año la reclama para que le ajuste el pañuelo al cuello; los espontáneos viva San Juan de mi hija, estarían fuera de contexto; y mi mujer disfrutaría de una Semana Santa relajada, ajena al trajín sanjuanista. Pues todo eso y más es temor de Dios de un sanjuanista.

    Uno, que es abanderado del temor sanjuanista, no puede dejar de recordar esos hermanos que iluminando tu paso protegen su anonimato tras raso rojo y otra blanco, más mención especial se merecen aquellos otros hermanos que anónimos no son y aunque presentes, tu desfilar no pueden ver; los primeros con doloridos pies son recompensados con la imagen de tu ser, los otros que no distinguen entre el dolor de sus pies o el rojo sangre de sus hombros, parecen condenados a solo sentirse. Los anónimos llegada la "cuesta de las monjas" para los otros bautizada "cuesta del Calvario", se alejan para adelante de ti aquella coronar, y así poder su corazón colmar con la visión de tu firme caminar que sin descanso a su encuentro va; los otros, con la única visión de sus iluminados hermanos, con prietos dientes y confusión del crujir de la madera con el sonar acompasado de cientos de vértebras que se acomodan bajo sesenta túnicas blancas y sin el estímulo de tu imagen en su retina, han de conformarse con el romper de aplausos de los presentes que entre la incredulidad y el deseo de que se hiciera realidad, el primer año durante la preceptiva parada en la "puerta de las monjas" afirmaron preguntando. Una hora de desfile, treinta kilos por hombro, ¿lo vais a subir de tirón? Lo que entonces te pregunta ahora se ha convertido en el estímulo de voces habituales que a derecha e izquierda del desfile informan a los ocasionales, "fíjate que San Juan sube de tirón", y aún así, como si de una penitencia añadida se tratara, sesenta hombros son privados de tu faz.

    En este extremo, rememora mi mente la ilustre pluma habitual de esta recopilación de textos pasionales, que el año pasado preguntaba durante un desfile, a uno no menos ilustre invidente de nuestra Alcantarilla, ¿cómo vamos?, magnífico, ¿cómo lo ves?, con el corazón, respondió aquel amigo Juan. Y entonces comprendí, ellos no son privados de ti, te ven con el corazón.

    Bueno Juan, he de despedirme, te supongo preparado el viaje de partida hacia aquí, mientras quedo a la espera invadido por una mezcla de ansia y temor, temor de que reclutes para tu procesión celestial algún sanjuanista más, ansia de la llegada de ese Jueves Santo donde como todos los años y bajo el pórtico eclesial me cedas las gargantas de aquellos a tu diestra sentados, pues necesito oír su replicar a la voz de

¡HERMANOS, VIVA SAN JUAN!

A.M.A.

IN MEMORIAN "EL PLACETA"