Sin título

    En cada momento de la vida de una persona, son tan distintas las circunstancias que se presentan que, necesariamente, hemos de procurar estar siempre preparados, y dispuestos, para actuar en la forma que creamos es la que en justicia corresponde, sea de nuestra conveniencia o no, para la debida solución de la situación planteada.

    Dicho sencillamente, los casos, a que nos podemos referir, por ser hiperbólicos, bien fácilmente podemos hacernos a la idea de que también nosotros estamos capacitados y en condición de actuar en la forma, al parecer tan sencilla, de adoptar la mejor actitud en cada puntual ocasión.

    Y esto no es así. Nuestra condición humana es muy compleja y hace influir tal cantidad de consideraciones en nuestra decisión que, desgraciadamente, en la mayor parte de los casos no acertamos a enfocar ni decidir en forma debida.

    Si nos tuviéramos que ceñir, por ejemplo, a solo unos pocos grupos de decisiones, pondríamos en uno de ellos a los que respectan a nosotros mismos y ni aun en este apartado, tratándose de nuestra persona, no somos en un tanto por ciento muy elevado de ocasiones, realmente capaces de tomar la decisión acertada. Por poca memoria que hagamos sobre ello comprobaremos que así ha sucedido infinidad de veces y por supuesto hemos sufrido en nuestro propio cuerpo los errores con los que por falta de reflexión nos hemos autocastigado.

    Procediendo así, por costumbre, nada extraño tiene que cuando nuestra actuación se relaciona con personas más o menos ligadas a nosotros, enfoquemos sus problemas en forma más despreocupada dando lugar con ello a perjuicios que repercuten, bien en nuestra propia familia, en nuestros amigos, o con quienes estemos en contacto en razón de negocios, trabajo, o cualquier circunstancia, que tienen que soportar sin culpa alguna.

    Llegar a la actuación perfecta en nuestro comportamiento no es cosa que fácilmente se pueda conseguir. Es más. Yo creo que es imposible. Pero a lo que si podemos aspirar es a la superación de carisma realmente cristiano con nuestro prójimo y para ello si que tenemos una baza a nuestro alcance que estamos obligados a jugar.

    Y es un ejemplo del que desgraciadamente casi no hacemos ningún caso a pesar de tenerlo tan a nuestro alcance ya desde hace justamente dos mil años. Nos lo dio el hijo de un modesto carpintero, porque así lo quiso Dios, para que siendo de carne mortal llegara más a nuestro intelecto. Pero aún con esta forma de acercamiento no hemos sido capaces de tomar del ejemplo de ese Hombre más que una mínima parte, que no nos permite, (y hablo a título personal), aprovechar más que sólo unas migajas, de la inmensa lección que nos dejó legada y que sigue teniendo la misma actualidad de los años en los que Él estuvo entre nosotros.

    Aún así, en nuestra egoísta forma de vida queda la lucecita encendida de sus enseñanzas y aprovechando una mínima parte que tenemos de aferrarnos, cada uno a su manera, a la benevolencia que nos tiene prometida.

    De alguna manera hemos de hacer extensiva la fe que nos alimenta y procurar, no solamente que no decaiga en nosotros sino, y esto es importante, transmitirla a quienes tengan esta "lucecica" sin haberse llegado a encender, o simplemente apagada.

    Para ello, como lección que llega en forma directa, recurrimos a las conmemoraciones de Semana Santa y dentro de ella a procesionar imágenes que nos hagan revivir a los que por cualquier circunstancia no lo sean, la magnitud del amor que Jesús repartió entre sus hijos. Y este es el primer ejemplo que hemos de asimilar; Es el sacrificio en primera persona a que Él se sometió dándonos con la pauta de como hemos de sacrificarnos, no precisamente en la manera que Jesús lo hizo, sino amando a nuestros semejante como a nosotros mismos siguiendo así su doctrina.

    Lo lamentable es que los propósitos que generalmente hacemos en las horas en que estamos procesionando, no tienen la continuidad que sería de desear y rápidamente, al día siguiente o unas semanas más tarde, tenemos que esforzarnos para conseguir un mínimo recuerdo de la línea de actuación que durante la última Semana Santa nos prometimos de mejorar el trato con nuestros hermanos. Lo que en realidad es una pena por todos los buenos propósitos perdidos.

    Pero dentro de todo si que queda algo positivo. Es la posibilidad de que al recordar las horas de procesión que tan hondo nos calaron, recobremos algo de lo que en aquellos momentos prometimos y lo llevemos, a efecto, aunque tarde, hacia adelante.

    Y por supuesto retomar la ilusión de sacar de nuevo la procesión a la calle, pues ello conlleva unas actividades que de forma sutil, por una parte consiguen el olvidar otros proyectos sin provecho espiritual para nadie. Y por otra el volver a estar cerca de un terreno que de alguna manera nos moldea el espíritu, no solamente para esta actividad, sino principalmente para cumplir aunque sea en una mínima parte las directrices principales que se pretenden con la conmemoración de la vida de Nuestro Señor.

    En muchas ocasiones he insistido en el hecho de que los caminos por los que nos guía el Señor son infinitos y sostengo, que el dedicar los cofrades un mucho de su tiempo y el interés precisos para "echar" las procesiones a la calle, como así mismo por parte de las personas que pacientemente esperan el desfile para su contemplación, en muchas ocasiones sin comodidad alguna, es uno de estos derroteros.

    Tenemos que seguir por tanto con ilusión. Las Cofradías por una parte, pues ellas son la fuerza motriz en los desfiles de los "pasos", con todo lo que los conocedores del tema saben que conlleva. Y el pueblo en general porque es un recordatorio visual de hechos que son la base aprovechable, tanto en nuestra vida terrenal como especialmente a partir de nuestra muerte, que es, precisamente, cuando hemos de recoger los frutos que ahora tenemos la oportunidad de cultivar para aquel momento.

Francisco Gómez López